Los sodálites hemos surgido como una comunidad de fe que se abre a la gracia y mociones del Espíritu Santo. Hemos nacido ante el umbral del siglo XXI. Compartimos un intenso ardor por las tareas de la Nueva Evangelización. Estamos convencidos de que las solas fuerzas humanas no podrán realizar esta enorme misión, pero, conscientes de nuestra realidad, confiamos en que la iluminación y la fuerza de Dios nos acompañan en este participar en la misión de la Iglesia.
Creemos que el Concilio Vaticano II tiene una fundamental importancia para la Iglesia y el mundo de este nuevo siglo. En una sociedad descristianizada como la nuestra, signada por la "cultura de muerte", por el secularismo y el agnosticismo funcional, las luces que irradian del Concilio Vaticano II pueden ayudar a disipar las tinieblas que amenazan a la humanidad. El mundo tiene una necesidad urgente de una respuesta cristiana.
El acuciante peligro de la deshumanización, de la dimisión de lo humano, sólo puede ser superado por el Señor Jesús. «Jesús no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza... Jesús es el camino a seguir para llegar a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios» (Ecclesia in America, 10).
Vivir y difundir el mensaje real del Concilio es una importante dimensión de nuestra tarea como miembros de la Iglesia. Nos sabemos llamados a participar activamente en la misión de la Iglesia. No solamente nos sentimos identificados con los horizontes que el Vaticano II ha abierto para todos los fieles cristianos, experimentamos también con gran intensidad su influjo para determinar los criterios con los que hemos de mirar al mundo y el trabajo de evangelización que hemos de realizar.
Nuestra aproximación al mundo es encarnatoria, siguiendo el dinamismo que el Señor Jesús nos mostró. Aunque no pertenecemos al mundo, estamos en el mundo, nos sentimos profundamente solidarios con todos nuestros hermanos humanos y buscamos cooperar a ordenar toda la creación según el designio divino. Sabemos que el Reino de Dios no puede ser reducido a este mundo, pero sabemos también que todo verdadero seguidor de Jesús debe reconocer las implicancias sociales de los Misterios de Nuestro Señor.
Creemos que la crisis de identidad que afecta a muchos hijos e hijas de la Iglesia exige de nosotros que intensifiquemos nuestro amor por la Santa Madre Iglesia, y que acojamos la intregridad de la fe y la guía del Magisterio. Es una invitación a que aceptemos el desafío de ser fieles a nosotros mismos y fieles a lo que creemos. Introducirse en un proceso de formación permanente en las verdades de la Iglesia, y profundizar en ellas bajo la guía del Magisterio es una necesidad personal de todo católico. Buscar y conocer la verdad es una dimensión esencial de nuestra vocación como seres humanos. Creemos que la suma de estos elementos es un camino real hacia una vida constantemente renovada en la semejanza con el Señor Jesús, «Mediador y Plenitud de toda la Revelación».
Estamos convencidos de que la vocación a la santidad y al compromiso apostólico brotan de nuestra incorporación al Señor Jesús en la Iglesia por medio del Bautismo. «Sé santo» es para nosotros un programa de vida y un recordatorio de la respuesta a preguntas fundamentales tales como: ¿Quién soy? ¿Cuál es la razón de mi existencia?
Cristo es nuestra vida. Creemos que Él es la Palabra de Dios concebida por obra del Espíritu Santo y nacida del vientre inmaculado de María, para nuestra Redención y nuestra Reconciliación. Siguiendo el sendero de la Fe lo escuchamos desde lo alto de la Cruz mostrándonos la dirección que debemos seguir para alcanzarlo. Nos dice: «He ahí a tu madre» (Jn 19,27). Él nos da generosamente a su Madre como nuestra Madre, y nos invita a ser sus hijos, a ser verdaderos hijos de María. El amor filial a María es la clave para llegar al Sagrado Corazón del Señor Jesús, y vernos así configurados con Él. Nuestra espiritualidad es mariano-cristocéntrica. Es Jesús quien nos invita a entrar en la amorosa escuela de María. Viviendo como sus hijos, aprendiendo a conocerla y amándola, descubrimos que todo en su Inmaculado Corazón nos remite nuevamente al Señor Jesús. El Corazón de María late al unísono con el Sagrado Corazón del Señor Jesús, el camino del amor filial es el sendero para verse configurado con el Señor Jesús, el Hombre Nuevo.